Familia

AL MAR CON UNA PIEDRA DE MOLINO

AL CUELLO

La pequeña Julia Lora en el Carnaval de Río 2010: tras unos metros bailando, se asustó e irrumpió en llanto.

Hace unos tres o cuatro años, cuando realizaba mi programa de televisión en UCV-TV, hice un extenso comentario acerca de las madres, hermanas mayores, tías (¿abuelas?) que llevan a sus niñitas pequeñas a tomar parte de concursos de televisión donde se les exige bailar contoneándose como mujer adulta en bailes altamente eróticos, provocativos, como la salsa, el merengue, el reggeton y otros por el estilo. 

 Me pregunté en pantalla si nadie les enseña (a ellas y a las niñitas) lo que es el pudor; que las chiquitas no tienen nada que andar mostrando al vestir como chica de cabaret; lo hice de manera irónica. Ironía que fue dejada hasta ahí no más por un programa cómico de TV, que cortó lo que yo argumentaba sacándolo de contexto para festinar con el asunto, en circunstancias que el tema que trataba era serio, muy serio. Y que hoy se pone nuevamente de actualidad ante el escándalo de una chiquita de ¡siete añitos! que iba “danzando” con eróticos movimientos por el Sambódromo Marqués de Sapucaí junto a las otras mujeres adultas. Y obviamente vestida (¿o desvestida?) “para la ocasión”. 

 Fue tal la controversia que se armó, que la pequeña debió abandonar el desfile, refugiándose en los brazos de su padre. Es decir, no estaba (ni lo estoy) equivocado al oponerme firmemente a este tipo de situaciones, que en nuestro país se ponen de moda durante las vacaciones de invierno de los escolares, cuando los programas de TV, especialmente matinales, arman concursos para que niños pequeños vayan a mostrar sus dotes de bailarines, generalmente de ritmos eróticos. Y lo peor es que los adultos (generalmente mujeres) de la familia, que debieran resguardar la inocencia de las niñitas, se esmeran en maquillarlas y vestirlas de maneras verdaderamente escandalosas, que no condicen con su condición de NI-ÑOS. Me pregunto si esas madres, tías, abuelas, hermanas mayores, tienen en sus vidas alguna reserva de pudor, de recato, de sentido común. Si saben o no que a los niños hay que dejarlos ser tales, mientras tengan edad, y no meterlos en el mundo de los adultos. Me pregunto cuántas de esas mujeres adultas tienen “santitos”, “virgencitas” o “grutitas” en sus casas. 

 Cuántas van a la iglesia los domingos. Cuántas se declaran “cristianas” o “creyentes en Dios”. Si es afirmativa la respuesta, su “religión” o “religiosidad” dista mucho de estar acercándolas a Dios. Sus valores están alterados, trastocados. Habría que recordarles las palabras de Jesús, a Quien muchas deben rezarle, prenderle velitas o “comulgarlo” en los cultos: “¡Ay de aquel que escandalice a uno de estos pequeños!… Más le valdría que le pusieran una piedra de molino al cuello y así le arrojaran al mar”… “Sus ángeles miran continuamente el rostro de mi Padre”.

Fuerte, ¿no?

 Jorge Castro de la Barra